
Diario de viaje. Costa Rica, 1992
17-05-92
Un atleta corre. Su cuerpo mojado, el sol le corta la piel. Corre hundiéndose en la ceniza, alrededor del cráter humeante. Ríos de cuarzo líquido como cables que se conectan más allá de la bruma.
El ojo rojo del volcán Poás envía señales. Los ángeles bajan a morir.
Cortes violentos y de cálidos marrones. Grietas donde se acurrucan temblando de frío y gestos tranquilos. Muere un ángel para ser carne en la lava.
Un jardinero rosacruz cuida el bosque tropical que rodea al volcán.
27-05-92
San José la sinuosa. San Chepe, la llovida. Muere el cielo de San Chepe sobre los techos de cinc.
Un musgo humilde cubre las paredes de las cantinas.
Una enredadera de hojas agrias crece en los brazos de los borrachos.
08-06-92
San José 4 PM. El bus de hierro húmedo con figuras que no conocen la escarcha. Reconozco el olor a té que trae el viento frío. El bus atraviesa las zonas oscuras de la lluvia. La gente derrama su aceite.
El aceite, en el asfalto. Colores como en las visiones febriles. Colores del aceite pegados en la madera de las casas, en los caños de despegue, en los anuncios de cerveza, en el azar.
Aceite en los labios y en los niños.
Recuerdo esos días de fiebre, el olor del té, la sombra que tocaba mi frente.
Fui llevado hasta un gimnasio en ruinas. El olor del cloro caliente de una piscina. Mi reflejo en el agua, una imagen de aceite.
Los nadadores se estiran como cruces y van de una a otra orilla, sin descansar, hábiles y veloces. Los que pierden sus fuerzas se van convirtiendo en aceite, hasta que no queda nadie. Solo el olor a cloro.
Siempre sospeché de los atletas. Y del té medicinal que me daba el doctor para bajar la fiebre.
16-06-92
Sintonizo la ventanilla del bus. La señal de ajuste es caliente y veloz.
Una chica camina fumando y con un rifle en sus manos. Se expone a la lluvia.
Se prenden las luces de la fábrica de Coca-Cola.
El diablo cruza la calle distraído y es golpeado por un motociclista que frena, lo toma entre sus brazos, lame sus rodillas hasta que desaparecen.
Un mendigo de dos dientes gruñe mientras toca una guitarra sin cuerdas.
Seca su baba, y la baba brota de nuevo en un show infinito. Una lengua redonda cubre la mitad de su cara.
La noche incendia el interior de las casas, y la calle ya no existe. Apago la ventanilla. Todos se han bajado. Chiflo y el conductor abre la puerta lo mas rápido posible.
20-06-92
Este museo tiene mucho de laboratorio. Mi carne se enfría, el oro es suave como la piel, el cristal de las vitrinas está sucio.
Creo en esas balas doradas incrustadas en grandes bloques de hielo. Un hombre aprieta un cincel y todo estalla. El cielo se refleja en el suelo quebradizo.
Las fogatas arquean al hombre hacia atrás. Un líquido rojo hierve dentro del cántaro de piedra.
La cacería de una imagen que retorna en forma alada a la tierra física. El hombre bebe, la oscuridad está lista.
Una forma se endurece y el final es un pequeño murciélago dorado que sangra de sus alas.
Un murciélago en una vitrina.
Un hombre helándose allá afuera.
05-07-92
No entiendo la luz que ilumina la calle. Los colores de las frutas sobre la madera húmeda provocan incisiones en la piel tirante.
Las puertas del mercado central de San José se abren. Una fuga apretada de olores que van desde carne hasta rosas, de cuero hasta sudor, el incienso y el queso.
Una izquierda llena de flores dentro de frascos de hierro. El agua en el piso, mujeres gordas patinándose y muriendo a carcajadas una sobre otra.
La derecha, de cuero repujado, hileras de sandalias que caen de muy alto y la santería de imágenes de yeso con sangre de yeso.
Lo que viene se llena de gritos y cuchillos que golpean la madera y todo lo rebanan, de miradas fijas que terminan a las trompadas o en una cama hasta que amanece.
Dos frailes bendicen su comida con un pagadios, algo llora en las mejillas de una joven inglesa, los techos color rata y la lluvia.
Peces en un gran acuario flotan en la superficie con los ojos llenos de oxígeno. La gente se arrodilla. En sus frentes hay un signo grasiento.
En la calle, los oficinistas corren para llegar tarde a sus trabajos, mientras eligen a su próxima víctima.
Un atleta corre. Su cuerpo mojado, el sol le corta la piel. Corre hundiéndose en la ceniza, alrededor del cráter humeante. Ríos de cuarzo líquido como cables que se conectan más allá de la bruma.
El ojo rojo del volcán Poás envía señales. Los ángeles bajan a morir.
Cortes violentos y de cálidos marrones. Grietas donde se acurrucan temblando de frío y gestos tranquilos. Muere un ángel para ser carne en la lava.
Un jardinero rosacruz cuida el bosque tropical que rodea al volcán.
27-05-92
San José la sinuosa. San Chepe, la llovida. Muere el cielo de San Chepe sobre los techos de cinc.
Un musgo humilde cubre las paredes de las cantinas.
Una enredadera de hojas agrias crece en los brazos de los borrachos.
08-06-92
San José 4 PM. El bus de hierro húmedo con figuras que no conocen la escarcha. Reconozco el olor a té que trae el viento frío. El bus atraviesa las zonas oscuras de la lluvia. La gente derrama su aceite.
El aceite, en el asfalto. Colores como en las visiones febriles. Colores del aceite pegados en la madera de las casas, en los caños de despegue, en los anuncios de cerveza, en el azar.
Aceite en los labios y en los niños.
Recuerdo esos días de fiebre, el olor del té, la sombra que tocaba mi frente.
Fui llevado hasta un gimnasio en ruinas. El olor del cloro caliente de una piscina. Mi reflejo en el agua, una imagen de aceite.
Los nadadores se estiran como cruces y van de una a otra orilla, sin descansar, hábiles y veloces. Los que pierden sus fuerzas se van convirtiendo en aceite, hasta que no queda nadie. Solo el olor a cloro.
Siempre sospeché de los atletas. Y del té medicinal que me daba el doctor para bajar la fiebre.
16-06-92
Sintonizo la ventanilla del bus. La señal de ajuste es caliente y veloz.
Una chica camina fumando y con un rifle en sus manos. Se expone a la lluvia.
Se prenden las luces de la fábrica de Coca-Cola.
El diablo cruza la calle distraído y es golpeado por un motociclista que frena, lo toma entre sus brazos, lame sus rodillas hasta que desaparecen.
Un mendigo de dos dientes gruñe mientras toca una guitarra sin cuerdas.
Seca su baba, y la baba brota de nuevo en un show infinito. Una lengua redonda cubre la mitad de su cara.
La noche incendia el interior de las casas, y la calle ya no existe. Apago la ventanilla. Todos se han bajado. Chiflo y el conductor abre la puerta lo mas rápido posible.
20-06-92
Este museo tiene mucho de laboratorio. Mi carne se enfría, el oro es suave como la piel, el cristal de las vitrinas está sucio.
Creo en esas balas doradas incrustadas en grandes bloques de hielo. Un hombre aprieta un cincel y todo estalla. El cielo se refleja en el suelo quebradizo.
Las fogatas arquean al hombre hacia atrás. Un líquido rojo hierve dentro del cántaro de piedra.
La cacería de una imagen que retorna en forma alada a la tierra física. El hombre bebe, la oscuridad está lista.
Una forma se endurece y el final es un pequeño murciélago dorado que sangra de sus alas.
Un murciélago en una vitrina.
Un hombre helándose allá afuera.
05-07-92
No entiendo la luz que ilumina la calle. Los colores de las frutas sobre la madera húmeda provocan incisiones en la piel tirante.
Las puertas del mercado central de San José se abren. Una fuga apretada de olores que van desde carne hasta rosas, de cuero hasta sudor, el incienso y el queso.
Una izquierda llena de flores dentro de frascos de hierro. El agua en el piso, mujeres gordas patinándose y muriendo a carcajadas una sobre otra.
La derecha, de cuero repujado, hileras de sandalias que caen de muy alto y la santería de imágenes de yeso con sangre de yeso.
Lo que viene se llena de gritos y cuchillos que golpean la madera y todo lo rebanan, de miradas fijas que terminan a las trompadas o en una cama hasta que amanece.
Dos frailes bendicen su comida con un pagadios, algo llora en las mejillas de una joven inglesa, los techos color rata y la lluvia.
Peces en un gran acuario flotan en la superficie con los ojos llenos de oxígeno. La gente se arrodilla. En sus frentes hay un signo grasiento.
En la calle, los oficinistas corren para llegar tarde a sus trabajos, mientras eligen a su próxima víctima.
Diario de viaje. Costa Rica 1992
05-05-92
La ruta en el Braulio Carrillo es como la lengua de una serpiente en la noche.
Ruta que de lengua fue a boca, de boca a estómago y de estómago a pierna negra que terminará en Limón, donde las piernas son negras.
Puerto Limón. Calles con balcones de madera labrada que caen hacia los ojos.
Una vieja casona regala su porche al otro mundo. La mujer acomoda, cuelga, descuelga, somete, ata, sonríe, guiña, limpia todo con una esponja, sonríe, toma su balde, se va.
Sobrecitos llenos de café, fotos de santos, velas, cordeles, yuyos, metal, circuitos, plantas, cuero y una tabla con plátanos verdes entre macetas híbridas de cerámica oscura.
Vudú, el regreso de Cristo, la cábala, guerra civil, la visión rasta, el peligroso sahumerio, la piel de los negros, alguien observa detrás mío.
La mujer vuelve con el balde y la porción de sonrisa que corresponde al próximo curioso.
Enfrente, el mar sucio del puerto.
Alguien susurra, sus dientes brillan como navajas contra el cielo gris.
Un container se hunde lentamente en el mar. Dios creó a Adán y pudo haberlo rodeado de grúas, camiones, peces muertos que cuelgan de tachos rojos, cascos y guantes rotos.
Adán fumó apoyado en la trompa de un jeep. Después se arrojó Eva, de cuero y piel de aceite.
La ruta Limón-Cahuita está llena de fotogramas. Puentes colgantes estrechan el camino y el cuello de quien los aborda, como en sueños. Cientos de camiones bananeros descargan sus cruces rojas y verdes que titilan en los radiadores.
Encantan a la muerte, agachada al borde de la ruta oliendo a un perro herido. El crepúsculo traza el borde de las cosas. Los árboles estallan, rocas que sangran, una plantación.
La Gran Plantación. Bolsas celestes cubren los bananos, protegen los racimos del aire y de los negros muertos que los roban para ofrecerlos a una diosa fértil. Las bolsas caen en el barro y en los canales de riego.
La noche Limón-Cahuita es dura como los caballos, como los cientos de ciclistas golpeados en el pavimento.
Una confortable cabina repleta de cucarachas, la ventana que apunta hacia un salón lleno de negros que acarician a sus negras, les entregan orquídeas amarillas en un pacto erótico con el mas allá.
Dos rastas se revuelcan en el yodo de la noche. Sordos e infinitos. Húmedos se recuestan bajo un almendro.
La noche marina es como mirar fijo a una gitana que mide tus pasos, graba tus gestos, estira las manos, pela tu piel como se pela una manzana y le echa sal a todo eso.
La luz del día abre a Cahuita como un cirujano a un paciente al que odia. Abre puertas deshechas, la carne rasta es redimida por el humo santo.
Un desayuno de rice and bins y pan de agua de muerto.
El pan esta algo duro. Los ácidos estomacales se convierten en fuego, y mi vientre es un crematorio.
El viejo escritor apunta su botella al cielo, sus ojos giran y se cierran. Yo canto una balada temible. El arroja un arpón de tabaco encendido, baila hasta brillas, se masturba, observa despiadado, se saca el sombrero. Se esfuma.
El mar provee imágenes e historias a sus civilizaciones hundidas.
La ruta en el Braulio Carrillo es como la lengua de una serpiente en la noche.
Ruta que de lengua fue a boca, de boca a estómago y de estómago a pierna negra que terminará en Limón, donde las piernas son negras.
Puerto Limón. Calles con balcones de madera labrada que caen hacia los ojos.
Una vieja casona regala su porche al otro mundo. La mujer acomoda, cuelga, descuelga, somete, ata, sonríe, guiña, limpia todo con una esponja, sonríe, toma su balde, se va.
Sobrecitos llenos de café, fotos de santos, velas, cordeles, yuyos, metal, circuitos, plantas, cuero y una tabla con plátanos verdes entre macetas híbridas de cerámica oscura.
Vudú, el regreso de Cristo, la cábala, guerra civil, la visión rasta, el peligroso sahumerio, la piel de los negros, alguien observa detrás mío.
La mujer vuelve con el balde y la porción de sonrisa que corresponde al próximo curioso.
Enfrente, el mar sucio del puerto.
Alguien susurra, sus dientes brillan como navajas contra el cielo gris.
Un container se hunde lentamente en el mar. Dios creó a Adán y pudo haberlo rodeado de grúas, camiones, peces muertos que cuelgan de tachos rojos, cascos y guantes rotos.
Adán fumó apoyado en la trompa de un jeep. Después se arrojó Eva, de cuero y piel de aceite.
La ruta Limón-Cahuita está llena de fotogramas. Puentes colgantes estrechan el camino y el cuello de quien los aborda, como en sueños. Cientos de camiones bananeros descargan sus cruces rojas y verdes que titilan en los radiadores.
Encantan a la muerte, agachada al borde de la ruta oliendo a un perro herido. El crepúsculo traza el borde de las cosas. Los árboles estallan, rocas que sangran, una plantación.
La Gran Plantación. Bolsas celestes cubren los bananos, protegen los racimos del aire y de los negros muertos que los roban para ofrecerlos a una diosa fértil. Las bolsas caen en el barro y en los canales de riego.
La noche Limón-Cahuita es dura como los caballos, como los cientos de ciclistas golpeados en el pavimento.
Una confortable cabina repleta de cucarachas, la ventana que apunta hacia un salón lleno de negros que acarician a sus negras, les entregan orquídeas amarillas en un pacto erótico con el mas allá.
Dos rastas se revuelcan en el yodo de la noche. Sordos e infinitos. Húmedos se recuestan bajo un almendro.
La noche marina es como mirar fijo a una gitana que mide tus pasos, graba tus gestos, estira las manos, pela tu piel como se pela una manzana y le echa sal a todo eso.
La luz del día abre a Cahuita como un cirujano a un paciente al que odia. Abre puertas deshechas, la carne rasta es redimida por el humo santo.
Un desayuno de rice and bins y pan de agua de muerto.
El pan esta algo duro. Los ácidos estomacales se convierten en fuego, y mi vientre es un crematorio.
El viejo escritor apunta su botella al cielo, sus ojos giran y se cierran. Yo canto una balada temible. El arroja un arpón de tabaco encendido, baila hasta brillas, se masturba, observa despiadado, se saca el sombrero. Se esfuma.
El mar provee imágenes e historias a sus civilizaciones hundidas.
Diario de viaje. Costa Rica, 1992
21-03-92
Una torre de electricidad inyecta al cielo desde una leyenda, en su base de cemento.
Camino a Cartago. Torres bíblicas, la caída de una iglesia.
Cartago seduce. Cartago es funeral de virgen negra arrojada al río por un poeta. Cartago es prisión que actúa en la sangre y convierte en vino a los presos.
Recorro Cartago con piernas de látigo. Cartago es el reformatorio de los ojos.
Y la vieja de epilepsia mística endurece mojada en agua bendita.
30-03-92
Un auto atascado en la playa. Como una boca abierta en la noche. Los cangrejos escarban la arena en busca de Dios. Neptuno acaricia sirenas, ellas lamen las escamas de platino de sus cuerpos calientes.
El mar: un tiburón tan negro y escurridizo como la muerte.
Los enviados de Neptuno levantan el auto y nos ponen en camino. La ciudad de Jacó es misericordiosa con sus plantas.
Baja la tarde en Quepos. Un pueblo con sabor a fruta podrida arrojada a la calle. La noche ahora es una quermesse. Y una quermesse es un baldío decorado lleno de carne triste.
La ruta es un vidrio hirviendo, electroshock de palmas africanas. Mi sangre, gas oil; el calor y el nácar en mis ojos.
La vegetación hacia Manuel Antonio lastima. Un odio verde de olor a hojas curativas, a té del médico para mis noches de fiebre.
Manuel Antonio narra versiones inglesas de una Biblia negra.
Camino el sendero hacia la playa final sin ropas y sin cuerpo. Y el show del dios iguana. El aceite de los árboles, no hay dulce en los ojos, las miradas son púas, el dios iguana agradece con su lengua y permanece inmóvil.
Los cangrejos rojos se acercan. Dios iguana tuerce erótico sus muslos, los cangrejos se paran en dos patas. Árboles caen en la arena, flotan en el agua los frutos venenosos.
Mis manos en forma de cuenco con la fruta en cuestión de segundos, los dientes llegan hasta la semilla la comisura de mis labios derramando un líquido verde, los ojos no enfocan bien, las manos tiemblan apenas dios iguana se desprende de su cuerpo, el paisaje se torna radioactivo este relax tiene bordes de videncia. Las iguanas nacen y se proclaman dios salado junto a las niñas de vestidos rojos que caminan mar adentro.
En un cómodo asiento a 120 Km. por hora, vuelvo hacia Quepos. El auto huele a birra, a metal y a recuerdo haber estado en esto de pegarle al dios iguana con mis ojos en medio de sus ojos.
05-04-92
Las compuertas de la represa han sido abandonadas por el agua. Una piedra se alimenta del óxido y descansa sobre el cemento. En el puente, los ciclistas hierven en su propio sudor. Los buitres vuelan en círculo.
La ruta sube bordeando la piel de los cerros. Dios fusila al diablo en una ladera, las hormigas que devoran mis pies son mágicas.
Un árbol cuelga de sus ramas cientos de barbas, frutos de algún viejo pensador de extraños pasatiempos. El sonido es de un pequeño arroyo narcótico, las paredes de las ruinas de una iglesia empapadas de savia caliente, algunas barbas aún secándose al sol.
Abajo, en el valle de Orosí, la pintura de un Bosco embebido en ron mordiéndose la lengua, delineando un infierno de pueblos hundidos.
Doscientos años de fraile fertilizan un pequeño cementerio de piedra y pasto grueso.
Apoyadas en el portal de la iglesia, las bicicletas sometidas a la vejez que ofrece la herrumbre.
Dentro, un grupo de esqueléticos ciclistas en trance.
La neblina cubre el cementerio. Busco el sentido a los graznidos de los pájaros. Alguien me acaricia con ternura el brazo izquierdo, pero estoy solo.
Una velocidad esquizo me abre a las puertas de un museo religioso. Imágenes en madera de Cristos con el horror pegado en los ojos, vírgenes con astillas en sus pechos y pelos humanos. Un cuarto de reclusión con camastro de cuero podrido y armarios cubiertos de polvo. Un cura de cristal fantasma, estira su mano y me pide que lo escuche.
“Bajo las piedras, todo se ve de colores rojos. No estoy seguro si es el cielo o el infierno. Si la lluvia es generosa, refresca y uno tiene mas ganas de ordenar sus cosas”.
Orosí fue la fe roja en las columnas de madera y los huesos podridos de un fantasma tímido.
09-04-92
Joey es albino. Los espectros negros y el diablo, verde. Sus huellas ortopédicas son de cera roja en verano.
Las seis de la tarde, y Joey puntual se sienta en las escaleras de la galería, aspira el paso de los traileres cargados de café, acomoda sus vértebras y regresa al local en ruinas donde vende los artículos de Dios.
Pregunto por esa vieja máquina de calcular, orgulloso me muestra su colección de monedas de plata, halladas dentro de los cascos de los bergantines que se desintegran frente a las costas de Limón.
La deshilachada bandera roja y azul apretada en un duro bastidor, velas talladas por los dedos de un paranormal, la gran telaraña de la suerte cuelga su astrología de insectos.
Joey es un albino de vista cuadrafónica cuando cae la tarde.
Una foto ajada entre sus manos temblorosas, el perfil de un fürer de venas henchidas.
Los ojos de Joey desaparecen, su brazo derecho es una grúa antigua levantando containeres llenos de piel fresca hacia el cielo gris.
Frascos de agua santa brillan en los estantes polvorientos, el humo de neumático quemado arranca los vidrios de los pasillos de la galería, Joey inmóvil enfrentando a un mapa de ciudades infernales recorridas en sueños.
Una brisa fría recoge los papeles y las ramas, mientras imagino barricada en la avenida central de Guadalupe.
13-04-92
Las tardes sobre el pueblo de Zarcero pasan entre ligustrinas talladas por un orfebre negro que nunca se enferma. Un elefante de hierba camina tranquilo por el parque. Zarcero: esa fruta que aparece en la sangre y te retrata en el ligustro.
La campiña costarricense. Sobre los cerros está la piel. Debajo, los huesos. Las cabras vierten su leche, una fisura la lleva hasta el centro de la tierra.
Al borde del camino, la corona cristiana cuelga de un palo.
Me entrego al frío de la niebla, en la sucursal del infierno. Un sitio de casas deformadas por los rayos de sol que se filtran por el vapor de una sopa que se funde en la puerta de calle, la ropa oscura sin planchar y el maquillaje preciso.
Las brujas de Goya te limpian la casa y te cocinan por unos pesos.
Sigo mi ruta, dejando una extraña radiación azul que talla nombres en un árbol de humo.
Puentes sobre el río La Vieja. El volquete de un camión yace apoyado entre los árboles. La roca, a cincuenta metros del camionero que bebe el agua del río sin proponérselo.
Leña roja al borde de la carretera.
El volcán Arenal se levanta como un farsante. Su majestad es devorada por las nubes.
Al fin, la paz de una taberna con vista a un lago falso.
Mi estómago disuelve un duro arroz con pollo.
Afuera, el agua llega hasta la mitad de los árboles más viejos.
30-04-92
Luces en la puerta de calle. Una polilla va agujereando una lamparita.
El control remoto, ojos confusos y muertos.
Un supermercado en Los Ángeles. Greta, la de pelos parados, prepara su sexo mientras bebe licor. La cabina de teléfono ahogada entre las piernas de una chica negra.
Greta también es negra y quemó supermercados en Los Ángeles. La policía mató al hijo de Greta.
Ella trabaja como enfermera en un hospital, vive del silencio que le dan sus hermanas.
Lágrimas de hijo mojan el plomo seco de una bala seca. Los Ángeles arde.
Las tiendas abren sus vidrios en homenaje al frío de la piel negra.
Una torre de electricidad inyecta al cielo desde una leyenda, en su base de cemento.
Camino a Cartago. Torres bíblicas, la caída de una iglesia.
Cartago seduce. Cartago es funeral de virgen negra arrojada al río por un poeta. Cartago es prisión que actúa en la sangre y convierte en vino a los presos.
Recorro Cartago con piernas de látigo. Cartago es el reformatorio de los ojos.
Y la vieja de epilepsia mística endurece mojada en agua bendita.
30-03-92
Un auto atascado en la playa. Como una boca abierta en la noche. Los cangrejos escarban la arena en busca de Dios. Neptuno acaricia sirenas, ellas lamen las escamas de platino de sus cuerpos calientes.
El mar: un tiburón tan negro y escurridizo como la muerte.
Los enviados de Neptuno levantan el auto y nos ponen en camino. La ciudad de Jacó es misericordiosa con sus plantas.
Baja la tarde en Quepos. Un pueblo con sabor a fruta podrida arrojada a la calle. La noche ahora es una quermesse. Y una quermesse es un baldío decorado lleno de carne triste.
La ruta es un vidrio hirviendo, electroshock de palmas africanas. Mi sangre, gas oil; el calor y el nácar en mis ojos.
La vegetación hacia Manuel Antonio lastima. Un odio verde de olor a hojas curativas, a té del médico para mis noches de fiebre.
Manuel Antonio narra versiones inglesas de una Biblia negra.
Camino el sendero hacia la playa final sin ropas y sin cuerpo. Y el show del dios iguana. El aceite de los árboles, no hay dulce en los ojos, las miradas son púas, el dios iguana agradece con su lengua y permanece inmóvil.
Los cangrejos rojos se acercan. Dios iguana tuerce erótico sus muslos, los cangrejos se paran en dos patas. Árboles caen en la arena, flotan en el agua los frutos venenosos.
Mis manos en forma de cuenco con la fruta en cuestión de segundos, los dientes llegan hasta la semilla la comisura de mis labios derramando un líquido verde, los ojos no enfocan bien, las manos tiemblan apenas dios iguana se desprende de su cuerpo, el paisaje se torna radioactivo este relax tiene bordes de videncia. Las iguanas nacen y se proclaman dios salado junto a las niñas de vestidos rojos que caminan mar adentro.
En un cómodo asiento a 120 Km. por hora, vuelvo hacia Quepos. El auto huele a birra, a metal y a recuerdo haber estado en esto de pegarle al dios iguana con mis ojos en medio de sus ojos.
05-04-92
Las compuertas de la represa han sido abandonadas por el agua. Una piedra se alimenta del óxido y descansa sobre el cemento. En el puente, los ciclistas hierven en su propio sudor. Los buitres vuelan en círculo.
La ruta sube bordeando la piel de los cerros. Dios fusila al diablo en una ladera, las hormigas que devoran mis pies son mágicas.
Un árbol cuelga de sus ramas cientos de barbas, frutos de algún viejo pensador de extraños pasatiempos. El sonido es de un pequeño arroyo narcótico, las paredes de las ruinas de una iglesia empapadas de savia caliente, algunas barbas aún secándose al sol.
Abajo, en el valle de Orosí, la pintura de un Bosco embebido en ron mordiéndose la lengua, delineando un infierno de pueblos hundidos.
Doscientos años de fraile fertilizan un pequeño cementerio de piedra y pasto grueso.
Apoyadas en el portal de la iglesia, las bicicletas sometidas a la vejez que ofrece la herrumbre.
Dentro, un grupo de esqueléticos ciclistas en trance.
La neblina cubre el cementerio. Busco el sentido a los graznidos de los pájaros. Alguien me acaricia con ternura el brazo izquierdo, pero estoy solo.
Una velocidad esquizo me abre a las puertas de un museo religioso. Imágenes en madera de Cristos con el horror pegado en los ojos, vírgenes con astillas en sus pechos y pelos humanos. Un cuarto de reclusión con camastro de cuero podrido y armarios cubiertos de polvo. Un cura de cristal fantasma, estira su mano y me pide que lo escuche.
“Bajo las piedras, todo se ve de colores rojos. No estoy seguro si es el cielo o el infierno. Si la lluvia es generosa, refresca y uno tiene mas ganas de ordenar sus cosas”.
Orosí fue la fe roja en las columnas de madera y los huesos podridos de un fantasma tímido.
09-04-92
Joey es albino. Los espectros negros y el diablo, verde. Sus huellas ortopédicas son de cera roja en verano.
Las seis de la tarde, y Joey puntual se sienta en las escaleras de la galería, aspira el paso de los traileres cargados de café, acomoda sus vértebras y regresa al local en ruinas donde vende los artículos de Dios.
Pregunto por esa vieja máquina de calcular, orgulloso me muestra su colección de monedas de plata, halladas dentro de los cascos de los bergantines que se desintegran frente a las costas de Limón.
La deshilachada bandera roja y azul apretada en un duro bastidor, velas talladas por los dedos de un paranormal, la gran telaraña de la suerte cuelga su astrología de insectos.
Joey es un albino de vista cuadrafónica cuando cae la tarde.
Una foto ajada entre sus manos temblorosas, el perfil de un fürer de venas henchidas.
Los ojos de Joey desaparecen, su brazo derecho es una grúa antigua levantando containeres llenos de piel fresca hacia el cielo gris.
Frascos de agua santa brillan en los estantes polvorientos, el humo de neumático quemado arranca los vidrios de los pasillos de la galería, Joey inmóvil enfrentando a un mapa de ciudades infernales recorridas en sueños.
Una brisa fría recoge los papeles y las ramas, mientras imagino barricada en la avenida central de Guadalupe.
13-04-92
Las tardes sobre el pueblo de Zarcero pasan entre ligustrinas talladas por un orfebre negro que nunca se enferma. Un elefante de hierba camina tranquilo por el parque. Zarcero: esa fruta que aparece en la sangre y te retrata en el ligustro.
La campiña costarricense. Sobre los cerros está la piel. Debajo, los huesos. Las cabras vierten su leche, una fisura la lleva hasta el centro de la tierra.
Al borde del camino, la corona cristiana cuelga de un palo.
Me entrego al frío de la niebla, en la sucursal del infierno. Un sitio de casas deformadas por los rayos de sol que se filtran por el vapor de una sopa que se funde en la puerta de calle, la ropa oscura sin planchar y el maquillaje preciso.
Las brujas de Goya te limpian la casa y te cocinan por unos pesos.
Sigo mi ruta, dejando una extraña radiación azul que talla nombres en un árbol de humo.
Puentes sobre el río La Vieja. El volquete de un camión yace apoyado entre los árboles. La roca, a cincuenta metros del camionero que bebe el agua del río sin proponérselo.
Leña roja al borde de la carretera.
El volcán Arenal se levanta como un farsante. Su majestad es devorada por las nubes.
Al fin, la paz de una taberna con vista a un lago falso.
Mi estómago disuelve un duro arroz con pollo.
Afuera, el agua llega hasta la mitad de los árboles más viejos.
30-04-92
Luces en la puerta de calle. Una polilla va agujereando una lamparita.
El control remoto, ojos confusos y muertos.
Un supermercado en Los Ángeles. Greta, la de pelos parados, prepara su sexo mientras bebe licor. La cabina de teléfono ahogada entre las piernas de una chica negra.
Greta también es negra y quemó supermercados en Los Ángeles. La policía mató al hijo de Greta.
Ella trabaja como enfermera en un hospital, vive del silencio que le dan sus hermanas.
Lágrimas de hijo mojan el plomo seco de una bala seca. Los Ángeles arde.
Las tiendas abren sus vidrios en homenaje al frío de la piel negra.



Buenos Aires, año 2009.
Diseñan sus estrategias tomando whisky al atardecer.
Sus grúas se disponen a rezar.
Extasis en un nuevo nacimiento de Seth.
Diario de viaje. Costa Rica, 1992
23-02
Puntarenas. Aves de carroña vuelan el olor caliente de una procesadora de atún.
El sol del Pacífico deshace la piel, sus pinceles de fuego retocan la silueta de un barco petrolero anclado para siempre a pocas millas de la Isla del Diablo.
La prisión abandonada, envía sus fantasmas a trepar los bordes de un astillero. Los gritos allá. Aquí muerdo el cuerpo de una corvina asada. Salsa tabasco chorreando de mi boca.
Al norte, el Golfo de Nicoya. Un mar demasiado tranquilo. Pienso en las corvinas.
Demasiado nerviosas.
06-03
5.6 escala Richter. La luz desaparece. Bajo el marco de la puerta uno se resguarda de las brujas. La mente es un mar profundo lleno de tiburones. La luz se hace, los tiburones se alejan pero ya los viste y sabés que están ahí.
No se reportan víctimas. Sólo objetos caídos.
Corro al refrigerador. El ron y el vodka están intactos.
08-03
San José es de piel tibia y manos pegajosas.
Un cuerpo ácido. Hechicero que le pasó el fato del dragón a San Jorge, porque tuvo miedo.
San José es lentitud de guaro y letras que se mezclan en un idioma de mareo.
Santo José de cofrades psiquiatras que toman café sentados en la tierra.
La noche travesti protege los alrededores del cine Líbano y descarga una luz roja sobre los cuerpos sin sombra, apoyados en la madera musgosa de las casas del amor.
Mara es pagana. Sus rodillas tientan a los automovilistas.
Luisa es tan sensual como el agua. Algunos hombres temen al rumor de que está muerta y sin embargo, se pasea ante los ojos como un tigre enamorado de un ciervo.
Juana bebe todas las noches antes de ofrecer su cuerpo a un dios negro. Su vestido blanco jamás se mancha.
El amanecer trae el murmullo de las fábricas. La electricidad despierta a las máquinas.
San José con su piel tibia y manos de manera suave.
Un dragón se pasea por la avenida Segunda.
10-03
Finos alambres de cobre caen desde el cerro. Deliciosa piedra de jade, molida por los vecinos que preparan una fiesta.
Las joyas sobre un paño azul. Prendo el soplete en la oscuridad. Un hilo fino de plata se funde entre mis dedos. El diseño urbano se deja ver.
Observo mi mano con vista de acería. Bebo mi whisky mientras baja el pulso de las cosas.
He aquí una garra de lujo, perfecta mano de Bijou.
En la montaña esperan mi manojoya para dar comienzo a la fiesta.
15-03
Atravesar una nube es como desprenderte de un fantasma. Camino al Irazú, te sonríe el campesino roto. Un negro sangra recostado sobre una tumba de montaña, un coyote cruza la ruta muy despacio.
El diablo observa todo, sentado en una piedra.
Atrás quedó Cartago, ciudad invencible de iglesias destruidas y bares de madera donde se aman las víctimas.
Dentro de un volcán, el viento descubre un infierno más allá de las nubes. Mi boca es ojo abierto, el azufre sabe al mal, un vodka infrarrojo contiene a una lengua deshecha.
Busco en la ceniza la telaraña del miedo, el metal hirviente a mil grados. Un dragón duerme en el borde rojo de una pared estriada. Nadie como un dragón para ver la puesta del sol.
En lo profundo, el lago: un bebedero de caballos olímpicos, la pileta del diablo. Por las noches, las reposeras brillan y los vasos de whisky saben a sal.
Un monje Lama inclinando su cabeza hacia un costado. En la playa de cenizas, cientos de rapados vestidos de cuero, levitan.
Un monje Lama mueve su cabeza hacia ambos lados. La muerte está al poniente.
Todo desaparece entre el olor a azufre y el viento. Yo soy hacia el borde del mundo.
Los Lamas sonríen a veces.
Agora futura. Rosedal. Parque Chacabuco. Buenos Aires. Argentina. Sudamérica. Hemisferio Sur. Planeta Tierra. Sistema Solar. Vía Láctea. Blog, 2009
Grasa en internet
I
Luz y rocío a dar
contra la olla
con la que me alimento.
Deshacer el vegetal en
sopas de arder
y arden.
Hoy la fiebre estira tanto
me calma
en días tan fríos.
II
Voy a conmover al mundo,
anunciar que la raíz
es falsa.
No hay error
¿Vas a gritarme?
Solo hay grasa
en Internet.
III
Océano bit
pero no gota
donde ves hay
una equis ce.
A las puertas del mundo real
el diablo cuelga y dios
es muerto por ángeles
helados.
IV
Soy el día triste
que baja cabezas
y en la electricidad
arrastrado por ángeles
hasta una viga
cortado con la precisión
del hambre
para que alcance.
Los huesos los limpia
el ángel
que no comió de mí
los va a pintar a vieja usanza.
Arte debiera ser
la muerte.
V
Grieta en la tierra
vas a poblar
en sueños
y cuando soy
la sentencia
grasa en internet
Nos ponemos los guantes negros
a manosear la pantalla cierta.
Cierta porque cae
al mover la mesa.
Nos movemos como corderos
cuando el aire esta dado vuelta
somos lo que cae
y muerde la tierra.
VI
Tres doble ve dos ojos
rosa pálido
voy a ponerte un cuerpo
y dos ojos rosa
pálido.
VII
Angeles parricidas
se calman con las brasas,
el resto es como en las
películas,
carne, ojos, sol.
Las sobras se inhalan
y con el otro brazo
descuelgan
un gesto de bordes
enteros
que alimentan sin carne
sin agua
al sol
se funden.
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